La naturalidad de los problemas humanos
Hace unos 4.000 años se redactó el Código de Ur-Nammu (quizá obra de Ur- Namma rey de Ur, Súmer y Acaad). En este compendio de normas -hallado en el sitio arqueológico de Nippur y escrito en lengua sumeria- el legislador aseguraba haber acabado con “la enemistad, la violencia (y) los gritos de dolor (dirigidos al) dios Utu; establecí la justicia en el país”.
Cuarenta y pocos siglos después, una enemistad distinta, otra violencia y diferentes gritos de dolor (porque aquellos ya se ha dicho que los hizo desaparecer Ur- Namma) siguen haciendo de las suyas por esa parte del mundo. Y la justicia, no digamos.
Lo peor, lo que hemos perdido de aquellos tiempos a éstos, es la intencionalidad de los legisladores para no acabar con la injusticia, proliferando por doquier los limbos jurídicos.
En nuestra aldea global la justicia universal se ha convertido en una utopía, y para los grandes males que aquejan el mundo, como la pobreza y el hambre, ya contamos con la impasibilidad de los gobernantes. Y si no, veamos los resultados de la Cumbre del Clima de Copenhage.
Nuestros políticos deben haber hecho suya aquella máxima expresada hace ciento cincuenta años por el ácido novelista William Makepeace Thackeray.
El problema de la pobreza es como el de la muerte, la enfermedad, el invierno o el de cualquier fenómeno natural. No sé cómo puede ponérsele fin.
El Museo de la Inocencia
Pasé durante semanas por delante sin fijarme. Un día, un amigo periodista me aseguró que Orhan Pamuk tenía proyectado hacer un museo en ese edificio. Acababan de concederle el Premio Nobel de Literatura (a Pamuk, no a mi amigo).
A partir de ese momento cada vez que recorría su fachada, y lo hice casi a diario durante meses, buscaba cualquier indicio que me certificara aquella primicia. En un primer momento llegué incluso a pensar, como inevitable, en el encuentro con el autor turco, al que reconocería en compañía del aparejador de la obra. Pero nunca vi cambios ni persona alguna en el edificio.
Hoy he vuelto movido por la curiosidad y la certeza expresada por el propio autor en su novela “El Museo de la Inocencia“. Hacía tiempo que mis responsabilidades me habían hecho abandonar mi cotidiano transitar por aquellas calles.
Dicen que el museo estará abierto en la primera mitad del año que viene. Que será una de las novedades de la Capital Europea de la Cultura Estambul 2010. Que se expondrán un millar de objetos personales, entre los que se encuentran muchos de los citados en el último libro de Pamuk.
Yo, la verdad, veo el edificio igual que siempre.
A orillas del Eufrates
Escritas en la falda de la montaña se adivinan las veredas que durante siglos deben de haber guiado a pastores y rebaños por estos parajes. Pese a la cercanía del Eufrates, la tierra es seca y áspera y los animales dibujan en la ladera un mensaje incomprensible para el espectador. Cae la tarde.
Territorio saharaui, claro que sí
Ahora que los políticos discuten de quien es la culpa. Ahora que al gobierno español y al marroquí se le han visto las vergüenzas (si es que tienen). Ahora que Aminetu Haidar ha puesto rostro a la dignidad. Rescato estas fotos de la localidad de La Agüera legítimo territorio saharaui (antaño colonia española y hoy tierra de nadie) tomadas a la distancia que permitía el ejército mauritano.
Hemingway nunca se alojó allí
Inaugurado en 1895, el Hotel Tokatlıyan llegó a ser uno de los hoteles más prestigiosos de Estambul durante la época otomana. Época de grandes viajes y elitistas viajeros, fue uno de los primeros en abrir sus puertas (junto con el Pera Palas, el Londres y el Bristol) a los clientes del mítico ferrocarril Orient Express.
Situado en la Grand Rue de Pera (la actual avenida Istiklal) llegó a alcanzar gran renombre no sólo por su decoración y su mobiliario europeo, también por su restaurante y su pastelería.
Así estaban las cosas cuando en 1929 cayó en una de sus 160 habitaciones un refugiado procedente de la Rusia revolucionaria. Leon Trosky pasó por este hotel, antes de continuar su destierro hacia el continente americano.
Hoy sobrevive el edificio, pero oculta a los transeuntes su vieja gloria.
Oficios en extinción (III): En la atarazana
Subidos en sus frágiles andamios de madera, confeccionan lo que un día será una admirable y orgullosa goleta turca. Siguiendo los criterios mantenidos durante siglos, estas embarcaciones -construidas enteramente en madera- van pasando por las manos de decenas de artesanos y oficiales hasta llegar al día en que serán botadas.
A finales de los años 70 (del siglo XVI) el capitán Antonio de Echávarri se desplazó hasta Constantinopla (la actual Estambul), en calidad de espia, para llevar a cabo un informe sobre la marina de guerra otomana. En su relación de oficios sobre la atarazana de la ciudad se podía leer:
Maestros dacha o Carpinteros, tiene hasta cien;
Calafates, otros tantos; Remolares, cincuenta;
Boteros, cincuenta; Herreros, hasta ochenta;
Estoperos, otros tantos; Aserradores ciento y veinte,
Cañameros, sesenta; Mazaraguis,
que son los que hacen poleas y tallas, hasta veinticinco.Y estos ordinariamente trabajan en la Atarazana, cada uno en sus Artes.


Muchas de estas tareas se siguen llevando a cabo en los astilleros (o Tershane) de Fethiye con una fuerza y una destreza encomiable. Pues las grandes máquinas brillan por su ausencia y se trabaja al aire libre. Es fácil imaginar que se necesitan muchos meses hasta poder llevar al mar el diseño de un nuevo barco que un día se hiciera en papel.
En Fethiye, además, los astilleros se encuentran camuflados en un bosque cercano a la bahía, por donde es una delicia el paseo. Entre colinas arboladas se pueden encontrar barcos que, fuera de su medio y con líneas tan clásicas, parecen sacados de la película de Werner Herzog Fitzcarraldo.
Viendo trabajar a estos hombres, entre montañas de tablones, cuerdas y herramientas de todo tipo y tamaño, se tiene también la sensación de deambular por otro tiempo.














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