La mística poética de los viajes en tren sigue teniendo actualidad, al menos en Turquía. Hace casi un siglo Azorín reivindicaba el profundo lirismo de los caminos de hierro, de sus estaciones, sus descansos, sus sonidos…

Muchos años antes Modesto Lafuente explicaba a los no iniciados que, con el tren en marcha, los objetos desaparecen como por ensalmo, animando al viajero a no fijar su vista en el paisaje que se desliza junto al vagón sino a lo lejos. “Es conveniente fijarla en lontananza -rubrica Mesonero Romanos-, o por mejor decir, no fijarla en ninguna parte”.

en tren por Anatolia

Si de Estambul a Kars -un recorrido de 1.928 kilómetros, para los amantes de la exactitud- el expreso del Este emplea un día y medio, significa que su velocidad media, atravesando la vasta península de Anatolia, apenas rebasa los 55km/h. Sus innumerables paradas y su paisaje tan cambiante hacen del viaje una suerte de aventura visual, una colección de personajes y lugares y por supuesto un desafío a las leyes del tiempo para los desplazamientos a los que estamos acostumbrados.

Pero las 36 horas de tren (incluidas paradas) constituyen en sí mismas un viaje con todo incluido. El cuerpo se va habituando al cambio de clima, el estómago a diferentes sabores y la mente, en un continuo ir y venir, viaja libre del compartimento a las fuentes del Éufrates.

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